Se ha acabado la fiesta


Un filósofo metido a político es como un hijo de puta en el día del padre. La misma desorientación y el mismo desatino. Pero mientras que el huérfano de padre suele cejar en la búsqueda una vez transcurrida la adolescencia, el contumaz filósofo-político sólo depone las armas tras un ridículo mayor. Y es que esta especie de pensador, a diferencia del hijo de puta, que sólo espera satisfacer una curiosidad, anhela trasladar a la realidad lo que en su cabeza, y sólo en su cabeza, resuelve por fin alguno de los grandes males que aquejan a la sociedad. Y esto, naturalmente, no es algo que espere conseguir en dos días. Quiere entender que es un proceso lento y lleno de penurias. Aunque lo peor llega cuando además de todo profesa el hegelianismo o el marxismo, pues entonces ya sí que las cosas se retuercen hasta el dislate, y observamos lo que con todas las letras es un gran espectáculo de resignación tragicómica. 


No cabe mayor comicidad en quien espera de la historia una lógica, un orden, un sentido. De modo que no es raro que en un corto espacio de tiempo se le vea encajar más de uno de esos golpes que a otro le bastarían para convencerse sobre las ventajas de girar de inmediato sobre sus talones y recoger el chiringuito. No tengo nada en contra de Ángel Gabilondo, pero no puedo evitar acordarme ahora de aquel cartel que colgó en Twitter en medio de su campaña por la presidencia de la Comunidad de Madrid, en el que figuraba una cita de Hegel, algo así como "con pasión todo es posible", y con el que pretendía, en un gesto que no puede entenderse sino como disparatado, responder a las acusaciones de sosainas y aburrido vertidas por sus contrincantes menos dignos. Si bien es verdad que Hegel concede no poca importancia a las emociones y los sentimientos en su filosofía, esto no es precisamente lo que una mente tranquila espera que conozcan de él los que no están muy puestos en filosofía. 


La pretensión de defender la pasión en política por medio de un muermo escolástico como Hegel es, pues, una de esas peregrinas ocurrencias típicas de los filósofos-políticos. En este caso, nos invitan a repetir la risa de la lavandera que hizo befa de Tales de Mileto al tropezarse mientras miraba las estrellas. En la situación actual, no tengo tantas ganas de reírme. Los ejemplos no son tan inocentes. Todo se ha vuelto demasiado serio. Que entienda quien quiera entender.


José Carlos Ibarra Cuchillo, 20/07/23