Sobre lo de Venezuela y otros atropellos imperialistas en la era de la distracción
Periodistas, medios de comunicación, informativos, imponen la narrativa subterfugia de que el mundo va a estallar en 2026. También que todo ha saltado por los aires en enero. Que Trump es una mancha a cara descubierta de un democrático e impoluto histórico del capital y que Europa es un simple testigo del devenir de Occidente. Todo está ahí, frente nuestra, pero siendo esta época en la que más veces hemos escuchado “es como ver un accidente en directo”, hemos seguido la obediencia que tantos años hemos venido asumiendo, la del ojo que se deja capturar por lo impresionante de las imágenes, de las noticias, de los saberes que nos circundan al escuchar podcasts 24/7. Un torrente cada vez más acelerado e impresionante que tornaba los pliegues a nuestro alrededor en meros espasmos reticulares: algo está muriendo, el imperio está perdiendo terreno en la arena de la influencia global. No es de extrañar que la campaña por Trump fuera tan agresiva, que apuntase a lugares que están fuera de la ley, como si de un ser divino, extralegislativo se tratara, encarnando esos hombres de acción de los que hablaba Freud, que movian el avispero, que rompían los huevos para hacer una tortilla, que hacían avanzar la historia.
Cuando Trump contesta a un periodista sobre los límites de sus poderes responde:
Yeah, there is one thing. My own morality. My own mind. It’s the only thing that can stop me. I don’t need international law. I’m not looking to hurt people.
Sí, hay una cosa. Mi propia moralidad. Mi propio pensamiento. Es la única cosa que puede pararme. No necesito una ley internacional. No quiero herir a la gente.
Quizá no mienta, quizá solo esté evidenciando lo que ocurre. Quizá solo hable de la moralidad del capital, del pensamiento mercantil. De la capacidad colonizadora de la mercancía que se inserta más allá del propio proceso colonizador imperial que tuvo lugar hace cientos de años. Ya nada es solo el cuerpo, ya nada es solo la política. Pero estamos otra vez en las mismas: oculto bajo esa capa de misterio (¿qué corchos es esa cosa que hace de límite?) que nos evoca a hablar y especular sin fin, apela a cierto bien superior, universal, mientras de facto se está ejerciendo una autocracia.
Lo interesante es que este avance, como el de cada imperio, está llegando al final del final. La desesperación, como cuando la policía se ve sobrepasada por la multitud o la de un padre o madre que no entiende la conducta explosiva de sus hijos o la del profesor ante la irreverencia de sus alumnos, pareciera quedar retratada no solo con la “supuesta” recuperación de la Doctrina Monroe que trata a latinoamérica como el patio trasero de EEUU sino precisamente por lo que no suele aparecer en los medio de comunicación y sus narrativas: China no solo está disputando la hegemonía sino que está consiguiendo poner nerviosos a los imperialistas de turno. Nerviosos precisamente por lo patoso y apurado de sus movimientos. Toda la panda de oligarcas que tiene detrás Trump mientras la maquinaria de Banon con The Atlas Movement que sigue mercantilizando discursos de odio y enmierdando, como diría Cory Doctorow, el campo de la política con idiotas útiles en la parrilla democrática, tienen una exigencia clara: esta carrera se ha de ganar y los instrumentos, estrategias y assets que se tengan se han de poner al servicio de ese propósito.
La lógica de los movimientos de EEUU es de básico de imperialismo: estrategia de exclusión. El secuestro de Maduro y su mujer no trata solamente del petróleo sino, como siempre, de control territorial y por ende de los flujos mercantiles. De hecho, lo de Groenlandia no se trata más que de un movimiento a favor de la “seguridad nacional” como decía el mismo Trump en aquella insidiosa conferencia tras todo el revuelo en Venezuela. Pero ¿de qué territorio hablamos? ¿No está Groenlandia ya bajo el mando de EEUU a través de la servidumbre de la EU? Ningún movimiento es únicamente un movimiento.
No deja de ser un mensaje con doble sentido que Trump en su propia red social señala con claridad que es el fascismo, la ultraderecha o cualquier nombre que queramos poner a los trumpistas y allegados, son los que determinan, condicionan, gobiernan la velocidad y dirección de una socialdemocracia, manca, impotente, carcomida y muda. No es nuevo, se ha vivido y porque sucedió, como dijo aquel, puede volver a suceder: la democracia vuelve de la mano de un_s pero el fascismo de la de otr_s (poc_s). Es tal el efecto que, ante la ofensiva por Groenlandia, Europa duda sin llegar a entender dónde está el límite. Un límite que desde EEUU señalan claramente con el Make America Great Again dejando a los europeos con la incómoda pregunta: ¿Hasta dónde llega (o ha llegado) America? Y como hemos podido ver en estos últimos movimientos del ICE cual Gestapo: ¿Hasta dónde se va a controlar a la población civil? La película de Alex Garland, Civil War, está tomando el presente cuasi hipersticionalmente, al igual que aquella, Don't Look Up, solo que todavía no tenemos el meteorito, aunque sí exmilitares y veteranos armados "controlando" las irregularidades civiles que pueden verse cual objetivos de misión de Call of Duty en ese infame anuncio de televisión de reclutamiento para el ICE. Igual, no nos extrañaría que fuese una estrategia de Trump para permanecer en el poder al tentar a los grupos de extrema izquierda como los nuevos Panteras Negras y demás "antifa" para sacar a las calles a los militares e imponer un régimen marcial mediante la Insurrection Act del 1807.
Caído el polvo se puede ver el rastro de muertes y destrozos que dejó la “limpia” operación de extracción norteamericana en Venezuela. Nuevamente, la desesperación se palpa en diferentes frentes. De hecho, el modo en el que la narrativa es presentada no cuesta mucho establecer analogías con los genocidas sionistas de Israel. Es la misma historia de siempre, la misma estructura colonial y de distracción... En las protestas que se están produciendo en Irán los manifestantes ponen calles en nombre de Trump mientras el ICE (cuerpo parapolicial antiinmigración en EEUU) asesina, una vez más, a una ciudadana, Renee Nicole Good, a sangre fría. Gaza es el simulacro, un proxy, del imperio que se mueve ahora a cara descubierta y con su particular falta de vergüenza MADE IN USA, demostrando que ya no se trata de la tierra prometida por la que matan los sionistas sino, una vez más, del temor a perder la hegemonía y, por ende, la potencialidad colonial imperialista. Como dijimos en el párrafo anterior, los señuelos están por doquier para incitar la rabia social hasta el punto, el boiling point, en el cual las fuerzas del orden, las pesadas que tanto tiempo llevan afilando y marcando sus balas, salgan a las calles.